Los paneles solares o celdas fotovoltaicas son las encargadas de convertir la luz solar en energía. Cuando estas celdas son expuestas al sol, absorben los rayos solares pasando por un proceso de transformación a energía eléctrica.
Cada una de estas celdas están cargadas con electrones positivos y negativos. En cuanto los paneles se ven expuestos a la luz del sol (fotones), se completa la carga faltante entre la carga negativa y positiva produciendo una corriente eléctrica (DC).
La energía de corriente directa (DC) no puede ser suministrada por sí sola, por lo que pasa por otro proceso. El inversor es un sistema que convierte la energía que entregan los paneles solares (DC) en energía útil o en corriente alterna (AC), logrando que el voltaje sea apto para diferentes usos.
Finalmente, la energía generada es cuantificada a partir de un medidor bidireccional en donde se registra la energía consumida por la casa, comercio o industria y la producida por el sistema fotovoltaico.
En México se considera como generación distribuida a la energía producida cerca del lugar de consumo conectada directamente a las redes de distribución de CFE. Esta modalidad permite al usuario compensar la energía consumida a CFE con la energía producida a partir de los paneles solares. Cuando un sistema fotovoltaico produce más energía de la que se consume, se generan kWh excedentes. Esta energía será contabilizada a través del medidor bidireccional de CFE y será descontada de los recibos de luz posteriores.
México se ha posicionado como uno de los principales países para producir energía a partir de fuentes renovables, derivado principalmente de las buenas condiciones de irradiación solar. La gran mayoría de la capacidad instalada en generación distribuida en el país proviene de sistemas fotovoltaicos.
Entre los beneficios que se obtienen a partir del uso de la generación distribuida está la reducción de costos de energía, mitigación de emisiones contaminantes y mejora en la calidad y confiabilidad de la energía.
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